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Por Valentina Zoppi.

Durante el fin de semana, vi la serie Adolescencia, una producción que ha generado un profundo impacto social debido a su crudo retrato de la juventud actual.

La serie actúa como un espejo de las problemáticas que afectan a los adolescentes hoy en día, obligándonos a cuestionarnos hasta qué punto la sociedad está realmente prestando atención a sus necesidades. A través de su historia, se plantean preguntas inquietantes: ¿Estamos detectando y abordando a tiempo las señales de alerta en los adolescentes? ¿Cómo influyen las redes sociales en la construcción de su identidad y en su salud mental? ¿Cuál es el papel de la familia en el desarrollo y la prevención de trastornos psicológicos en esta etapa tan vulnerable?

La temida etapa de la adolescencia por los padres, es un período de transformación intensa, caracterizado por profundos cambios neurológicos y emocionales. Durante esta etapa, la región del cerebro encargada del control de impulsos y la toma de decisiones aún está en desarrollo, lo que hace que los adolescentes sean más propensos a actuar impulsivamente y a ser influenciados por su entorno. En la serie, el protagonista representa esta vulnerabilidad: es un joven que busca desesperadamente validación y un sentido de pertenencia en un mundo que le resulta hostil y desconcertante. Su comportamiento errático, su facilidad para ser manipulado en redes sociales y su dificultad para gestionar sus emociones reflejan el estado de confusión y fragilidad en el que se encuentran muchos adolescentes hoy en día.

Personalmente, como psicóloga  y lo que me a tocado ver a lo largo de mi trabajo, me parece  que uno de los aspectos más impactantes de la serie es la relación del protagonista con su familia. Aunque sus padres están físicamente presentes, la desconexión emocional es evidente. La falta de comunicación, la ausencia de límites claros y la negligencia emocional dejan al adolescente sin referentes sólidos, lo que lo hace más susceptible a buscar identidad y apoyo en entornos poco saludables. En muchas familias, se asume erróneamente que proporcionar bienes materiales o cubrir necesidades básicas es suficiente, pero los adolescentes requieren algo aún más esencial: presencia emocional, escucha activa y guía.

La serie muestra de manera contundente cómo la incapacidad de los padres para detectar los cambios en el comportamiento de sus hijos impide una intervención temprana, lo que nos lleva a reflexionar sobre la importancia de una parentalidad consciente, que no solo imponga normas, sino que también fomente la expresión emocional sin miedo al juicio.

Sin duda, otro factor clave en la serie es el impacto de las redes sociales en la vida de los adolescentes. Estas plataformas han transformado la manera en que los jóvenes construyen su identidad y se relacionan con el mundo. Si bien pueden ofrecer un espacio para la autoexpresión y el aprendizaje, también pueden convertirse en un terreno peligroso cuando la validación externa se convierte en una necesidad constante.

En la historia, el protagonista cae en comunidades digitales que refuerzan sus pensamientos más oscuros y lo llevan a adoptar creencias y comportamientos destructivos. Este fenómeno no es ajeno a la realidad: las redes sociales pueden amplificar la ansiedad, la depresión y la baja autoestima, especialmente cuando los adolescentes no cuentan con las herramientas necesarias para filtrar la información ni con un entorno que les ayude a regular sus emociones.

Nos enfrentamos a una generación que crece con una sobreexposición a estímulos digitales, donde la aprobación se mide en likes y comentarios, y donde el anonimato permite la proliferación de discursos de odio, desinformación y manipulación emocional.

Esta serie nos confronta con una dura realidad: muchos adolescentes atraviesan crisis emocionales en silencio, sin encontrar el apoyo necesario en sus familias o en la sociedad. A menudo, se minimizan sus emociones con frases como “solo son cosas de la edad” o “ya se le pasará”, sin considerar que la falta de intervención puede llevar a problemas mucho más graves en la adultez. La salud mental no debería ser un tema tabú ni un problema que se atienda solo cuando los síntomas ya son evidentes. Es necesario fomentar la educación emocional desde la infancia, crear espacios seguros donde los adolescentes puedan expresarse sin miedo y promover un uso responsable de la tecnología.

Finalmente, Adolescencia nos recuerda que la presencia de una red de apoyo puede marcar la diferencia entre un desarrollo saludable y un camino lleno de peligros.

La prevención de los trastornos mentales no depende únicamente del acceso a tratamiento psicológico, sino también de la construcción de un ambiente de contención, donde los jóvenes puedan expresar sus miedos y emociones sin temor al rechazo o la indiferencia. La adolescencia no debería ser sinónimo de sufrimiento silencioso, sino una oportunidad para el autoconocimiento y el crecimiento, siempre con el respaldo de una comunidad que ofrezca guía, comprensión y estabilidad.

Como sociedad, tenemos la responsabilidad de brindarles las herramientas para afrontar sus emociones, entender su mundo y desarrollar su identidad de manera saludable. Solo así podremos evitar que la desesperación y la soledad se conviertan en factores de riesgo  en sus vidas.

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