Por Michelle Pollmann.
Comienzo a escribirles confesándome que nunca he perdido una guagua, tuve dos embarazos y dos partos y me siento agradecida y afortunada de que así haya sido. Así que de alguna manera les escribo desde la ignorancia pero con la experiencia de haber acompañado a amigas y pacientes en sus propios duelos gestacionales.
Es difícil el lugar de la escucha y del acompañar dolores tan profundos y negados por la sociedad con las clásicas frases de consuelo como “a todo el mundo le pasa” o “es normal”, incluso con personas que responden comentando su propia experiencia. Entiendo que son las formas que hemos aprendido de aliviar el dolor ajeno, pero la verdad es que no le damos cabida porque no sabemos cómo estar, sin hacer nada más que estar.
Intentaré describir lo que escucho, pienso y siento al respecto, y espero que a todas las que les haya tocado vivir algo similar las represente de alguna manera. Cada amiga o historia de paciente me ayuda y enseña a entenderlas y sentir su dolor, juntas y acompañadas.
Perder un hijo, ya sea de 1 mes de gestación o de 35 años de vida es un duelo, al cual ninguna madre quisiera enfrentarse. Pareciera ser que socialmente es más aceptado llorar por un hijo de carne y hueso que por un pirgüín en vías de desarrollo, y este es el error número uno.
¿A cuántas de ustedes les han dicho que es normal perder un hijo? Es más, ¿por qué hablamos de perder, si la verdad es que es una muerte? Las llaves del auto se pierden, el celular se pierde pero un embarazo que no llega a término no es una pérdida, es un hijo muerto. Por muy duro que suene y muy doloroso que sea escucharlo (o incluso escribirlo).
Nunca me voy a olvidar cuando mi doctor (que lo amo) me dijo: “no es normal, es esperable, es probable que pase, pero no es normal”. ¡Y cuánta razón! ¿Por qué normalizar una pérdida? Por qué cada vez que una mujer cuenta que perdió su guagua, otras le responden con historias similares, como diciendo “nos pasa a todas”. Y no, la verdad es que no nos pasa a todas. Por qué mejor no abrazamos a esa mujer de luto y le preguntamos cómo se siente, si necesita algo, si quiere llorar, si la acompañas a alguna cita con el doctor, hacemos juntas un ritual, o lo que ella necesite en ese momento.
Como sociedad, tenemos que aprender a darle un espacio a esa mujer para que viva su duelo de la manera que ella quiera. Si necesita llorar 10 días seguidos que lo haga, porque el hecho de que no haya tenido a su bebé en brazos no hace que su dolor no sea menos doloroso. Esas mujeres fueron mamás, desde que su test salió positivo, desde que escucharon su corazón latir, desde que su ilusión cobró vida. Esas mamás lloran a sus hijos en silencio, para que nadie les cuestione su sentir. Pero el dolor es dolor, no hay que justificarlo, solo tenemos que aceptarlo y abrazarlo como tal.
Muchas mujeres se sienten solas, sienten que sus amigas que no han vivido esto no las entienden, sienten que su doctor no la entiende (porque para ellos es normal), sienten que sus parejas no las entienden y terminan llorando sola, en la ducha, en el auto, en el baño de la oficina, tratando de pasar desapercibidas para que no las juzguen, porque nadie comprende por qué llora a una guagua que ni siquiera nació, que nunca vio, besó, olió o abrazó. Nadie asimila el dolor que sienten esas mujeres, porque seguimos en la lógica de querer descifrar, y no de simplemente estar con el dolor.
Cuando tenemos un test positivo en nuestras manos, la ilusión de ser mamá y de tener familia cobra vida. Quizás algunas soñaron desde chicas con ese momento, otras son sorprendidas con la noticia, pero de alguna u otra manera van dándole forma a esta fantasía que desde niñas hemos “practicado”. Muchas jugamos a ser mamás desde que nos regalaron nuestra primera muñeca. Les ponemos nombre, las cuidamos como si fueran de verdad, las vestimos, las bañamos, las paseamos, las hacemos dormir. Son literalmente nuestras hijas de la primera infancia. Los niños no juegan a ser papás, los hombres no construyen una ilusión desde los inicios de sus vidas.
Esa ilusión crece o va tomando forma cuando estamos en pareja, cuando ya somos grandes, cuando estamos proyectando nuestras vidas. Esa ilusión es casi real con el test de embarazo positivo, donde la fantasía te lleva a ponerle nombre, comprarle ropa, hacerle una pieza, imaginar su olor, imaginar tu parto, imaginar tu futura familia, pensar en todo lo que un hij@ te hace pensar. Y toda esa ilusión que estuvo alimentándose a lo largo de toda la vida, se derrumba de la noche a la mañana, con un sangrado o con un corazón que ya no late en la ecografía, “fue como si me hubieran caído 10 toneladas encima” me dijo una paciente mientras lloraba desconsoladamente, metida en el closet para que su marido no la escuche.
Esos momentos tensos en la consulta del doctor, o a veces en la urgencia, donde nadie sabe qué hacer o decir. Dónde te vas al baño y te vistes con lágrimas en los ojos. Donde tu pareja intenta hacerse el fuerte para contenerte, pero tal vez por dentro tenga tanta o más pena que tú. Ese momento que todas alguna vez pensamos que puede pasar, pasa. En ese momento probablemente sólo buscas un abrazo apretado, tierno, caluroso y lleno de amor. Un gesto que te apruebe el duelo, que te permita llorar, rabiar, gritar o hacer lo que te nazca en ese instante. Esos momentos que recuerdas una y otra vez por semanas. Te preguntas qué hiciste mal, qué comiste, si caminaste mucho o si te esforzaste de más. Necesitas saber qué hiciste para no volver a hacerlo la próxima vez, como si la culpa fuera nuestra. Preguntas sin respuestas pero con mucha angustia. Preguntas que se convierten en miedo. Miedo de no poder gestar, miedo de no poder ser madre, miedo de no poder tener una familia. ¡MIEDO!
Lo más triste después de escuchar la noticia, es que tu cuerpo sigue pensando que estás embarazada. Toma un par de días (incluso semanas) que incorpore la noticia, por lo que las náuseas, mareos, cansancio, vómitos y todo el revoltijo hormonal del embarazo sigue ocurriendo. Sumado a esto está la posibilidad de un legrado, lo que implica pabellón y anestesia general. En otros casos, se puede producir el aborto espontáneo, que involucra un abundante sangrado con contracciones y mucho dolor corporal. En cualquiera de los casos, ese momento marca el fin de esa ilusión, lo que a su vez sugiere un nuevo comienzo.
Queridas, yo que nunca viví esto quiero darles un consejo desde el lugar de madre, mujer y psicóloga. Nunca creas que tú hiciste algo para que esa guagüita no se siguiera desarrollando. Tu cuerpo es perfecto y tal vez nunca vamos a saber ni mucho menos entender por qué hay un porcentaje relativamente alto (entre un 10 y un 20%) de abortos espontáneos. Lo que sí sabemos es que en algún lugar del universo hay un alma que te está buscando para elegirlos como papás. Y que tus pérdidas no son sólo eso, son un hijo no nacido, el cual debes nombrar (aunque sea para ti: “tengo dos hijos, uno en las estrellas y uno en la tierra”) y amar por el resto de tu vida.
Espero que tu próximo embarazo llegue a término y que sepas que tener miedo es esperable. Cuéntale a tu guagüita del miedo, cuéntale a tu pareja del miedo, habla de tu miedo para que no tengas que cargarlo sola. Si necesitas un espacio terapéutico, búscalo. Haz lo que necesites para estar tranquila, a pesar del miedo.
Estoy segura que el universo es perfecto y que tarde o temprano va a llegar ese hijo o hija que tanto deseas. No pierdas la fe.